
PLANTA BAJA
Paisajes y objetos
Desde finales de los años noventa los viajes de Graciela Iturbide se suceden, pero hay dos destinos que adquieren especial relevancia. El primero es el sur de los Estados Unidos. Los paisajes desolados que se va encontrando transmiten una sensación de distancia. Se trata de lugares en los que también es visible la huella del hombre, lo que acentúa el sentimiento de ausencia: campos labrados hasta el horizonte, balas de paja, postes desclavados, casas abandonadas. Son imágenes que parecen responder a una nueva visión, a un nuevo ciclo en la vida de Iturbide.
En 1998, tan sólo dos meses después de su recorrido por Estados Unidos, realiza su primer viaje a la India. “Empecé a ver cosas –comenta- en las que nunca antes me había fijado. Estaba en una búsqueda nueva de paisajes, objetos, totalmente contraria a mi actitud de antes que se fundaba en el contacto con la gente”. En la India también se producen algunos encuentros y retratos, pero lo que se abre ahora con fuerza es una nueva dimensión que aflora en su manera de fotografiar el paisaje, objetos encontrados al azar y sobre todo, los pájaros. Es en India donde fragua su idea de dedicarles un libro que publicará unos años más tarde.
PLANTA PRIMERA
México: rituales de fiesta y muerte
Desde finales de los sesenta hasta la década de los años ochenta, en la obra de Iturbide predominan los retratos, fruto de encuentros casuales en sus paseos por los mercados de Ciudad de México, así como en los viajes que emprende a las pequeñas poblaciones rurales. Es característico de esta etapa su interés por la atmosfera teatral que impregna las fiestas populares mexicanas. Se trata de celebraciones en las que confluyen los ritos católicos y las tradiciones indígenas en una gran parafernalia carnavalesca.
En fotografías como Jano, Volantín o Carnaval, es muy visible este interés y se puede advertir como Iturbide se aleja de las escenas de acción para enmarcar a las personas individualmente, eliminando cualquier detalle que pudiera resultar anecdótico o efectista. De esta forma, concentra toda la atención en los personajes y transmite la dimensión trágica que revelan las máscaras o el disfraz. Esta intensidad aflora también en imágenes como Novia muerte, Primera comunión o Procesión, donde no sólo pone de relieve la ironía con la que el imaginario mexicano representa la muerte, sino que acentúa el carácter surrealista de estos ritos sociales.
En el nombre del padre
Realizado en 1992, este proyecto muestra la visión de Iturbide sobre el sacrificio de centenares de cabras que cada año se celebra en las montañas mixtecas de Oaxaca desde los tiempos de la conquista española. Partiendo de la premisa de que el sacrifico no es sino la repetición de un mito cosmogónico, una escenificación del acto primordial de la creación del mundo, En el nombre del padre no es ningún reportaje al uso sobre las costumbres locales, sino un verdadero tour de force visual sobre la muerte, la sangre y la espiritualidad. A partir de la documentación del acontecimiento, Iturbide ahonda en la pesada carga histórica que subyace a la violencia de estos sacrificios evocando también resonancias bíblicas, tal y como revela el título de la serie.
Visto retrospectivamente, este proyecto marca también un momento significativo en su trayectoria, una transición. Paulatinamente la figura humana va desapareciendo y su trabajo se vuelve más contemplativo y ensimismado. La complicidad que antes establecía con la gente y que se manifestaba en sus numerosos retratos deja paso a una experiencia más íntima y solitaria con el paisaje.
El baño de Frida
En 2006 recibe el encargo de fotografiar uno de los baños de la casa-museo de Frida Kahlo que había permanecido cerrado desde su muerte en 1954 por deseo expreso de su marido, el pintor Diego Rivera. La dirección del museo no decide averiguar qué se halla en su interior hasta el 2004 y, antes de empezar a clasificar y catalogar su contenido, invita a Iturbide a que lo fotografíe. Nadie sabe a ciencia cierta qué razones llevaron a Rivera a decidir la clausura del baño. Quizás fuera simplemente la necesidad de preservar un lugar íntimo de la artista, como atestiguan los objetos personales allí encontrados: corsés, la pierna ortopédica de Frida y unas muletas, carteles políticos de Lenin y Stalin, medicinas y otros objetos desgastados por el tiempo que Graciela Iturbide fotografía como reliquias incorruptas de un santuario profanado.
Consciente de la devoción que despierta este icono de la cultura mexicana, se acerca a los objetos y enseres de la pintora reinterpretándolos desde su propio espacio poético. Acompaña estas fotografías un vídeo documental realizado por el cineasta mexicano Nicolás Echevarría. Célebre por documentales como María Sabina. Mujer Espíritu (1979), Poetas campesinos (1980), Memorial del 68 (2008) o su película Cabeza de Vaca (1990), Echevarría filma en esta ocasión a Iturbide durante la sesión de fotos en el baño de Frida Kahlo mostrando su particular forma de ver y sentir este lugar y sus objetos.
El jardín botánico
En 1998 Iturbide empieza a fotografiar el jardín botánico de Oaxaca. Publicadas más tarde en su libro Naturata, en estas imágenes aflora una naturaleza domesticada que adolece de una profunda vulnerabilidad. En un jardín cuyas especies autóctonas no pueden sobrevivir si no es gracias a especiales cuidados y atenciones, Graciela Iturbide parece escenificar una unidad fracturada, el equilibrio perdido de ese ecosistema tan frágil entre naturaleza y cultura. Mito primordial, realidad inmediata o proyección utópica, la historia del jardín es también la historia del hombre. Y el jardín de Iturbide destila fragilidad. Estructuras que sostienen, cuerdas que amarran, paños que protegen, zanjas, reglas, etiquetas…; se respira un cierto aire hospitalario. La reflexión no es sombría, sino sutilmente nostálgica.
PLANTA SEGUNDA
Otras fronteras
La esfera a partir de la cual Iturbide inicia su diálogo con el mundo es principalmente la de la vida cotidiana de los campesinos y comunidades indígenas. Son ellos sus primeros interlocutores, ellos quienes le entregan las llaves de acceso a un mundo todavía ajeno para ella. Pero su exploración, que es a la vez una búsqueda identitaria, no queda relegada a su propio país. En España, visita la comunidad gitana en La Chanca, Almería; en la India, es la mirada intensa de unos travestis lo que atrae su atención. Su curiosidad y deseo de conocer la diversidad cultural la convierte en una infatigable viajera, siempre dispuesta a dejarse atrapar por la mirada cómplice de las gentes que ha ido encontrando a lo largo de sus periplos por el mundo.
Juchitán
Su visión de las culturas autóctonas de México sella la iniciación al mundo de la fotografía de Iturbide. Realizado entre 1979 y 1986, Juchitán de las mujeres es sin duda el trabajo que deja una huella más profunda en su carrera y la consagra a nivel internacional. Juchitán es el bastión de la cultura zapoteca y el símbolo de la resistencia indígena, pero es también un mundo cuyas normas sociales son en aquellos momentos algo atípicas si se las compara con las del resto del país. Son las mujeres quienes gestionan el mercado, al que no tienen acceso los hombres, exceptuando los muxés, homosexuales travestidos que están integrados en la comunidad. En este proyecto Iturbide da cuenta de su experiencia con las gentes de la comunidad zapoteca de Juchitán (Oaxaca), especialmente con las mujeres. Lejos de ofrecer una visión idealizada o anecdótica de lo indígena, se sirve de su sentido del humor y de la ambivalencia del medio fotográfico para adentrarse en la complejidad de un orden sociocultural distinto a través de unos retratos llenos de complicidad.
Los que viven en la arena: seris
Con este proyecto sobre los indios seris del desierto de Sonora, que realiza en 1979 por encargo del Instituto Nacional Indigenista, Graciela Iturbide suscita una reflexión que rebasa las circunstancias específicas de esta comunidad: la escisión que produce vivir entre dos sistemas de referencias culturales casi antagónicos. Para apreciar esta escisión basta con fijarse en las miradas de los retratados, en el porte de sus cuerpos erguidos, altivos, elegantes. Todo un compendio de actitudes que, más allá de la idiosincrasia de sus ropas, revelan su respuesta ante la injerencia de una cultura ajena que asumen no sabemos si con estoicismo o con distante resignación. Aquí también, como en su proyecto de Juchitán, Iturbide adopta una posición rompedora respecto a los esquemas y principios unívocos establecidos a la hora de fotografiar una cultura que ha sido estigmatizada.
