Centro Jose Guerrero
Pieza de la exposición

Cuenca, 1986

 

JOSÉ GUERRERO. LA COLECCIÓN DEL CENTRO

21 de Julio - 8 de Octubre de 2006

 

SÍNTESIS

El Centro José Guerrero presenta este verano una nueva selección de su Colección, en la que se incluyen algunos de los dibujos que el pintor fue guardando para sí a lo largo de su vida, y que la familia ha legado al Centro a él consagrado. No se puede decir que sea éste un capítulo menor dentro de su obra, pues los dibujos, los collages, la obra gráfica y los formatos medianos y pequeños fueron su particular "laboratorio", su espacio experimental, el ámbito donde ensayó sus composiciones y puso a prueba sus ideas más audaces. Además, Guerrero fue un gran grafista, un maestro del gesto. Y no sólo a escala del cuerpo entero, según había aprendido en la Escuela de Nueva York, sino también del producido por muñeca y antebrazo, como demuestra en su obra sobre papel. Esta exposición es, así, una nueva oportunidad de contemplar la evolución del universo formal de José Guerrero, compendiados en varios de sus momentos fuertes. Y es, a la vez, una buena ocasión de observar las distintas etapas del proceso creativo, y los fértiles diálogos que pueden establecerse entre las mismas, entre técnicas variadas y entre escalas muy distintas, ya que además de los dibujos se presentan sobre todo óleos de medio y gran formato. JOSÉ GUERRERO (Granada, 1914 – Barcelona, 1991) empezó su formación como pintor en la Escuela de Artes y Oficios de Granada, y la continuó durante los primeros años de la posguerra en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, Madrid. Allí entró a formar parte del llamado "Grupo Buchholz", un grupo creado en torno a la galería de arte más avanzada de la época y compuesto por una serie de jóvenes que compartían la voluntad de transformar el lenguaje pictórico a partir de modelos como Paul Klee. En 1945, acabados sus estudios, fue a París becado por el gobierno francés, y descubrió de primera mano el arte de las vanguardias históricas. Profundamente conmovido por él (especialmente por Matisse) inició un periplo por distintas ciudades que le sirvió para conocer la escena artística europea, y para advertir que, con contadas excepciones, la vanguardia estaba en otra parte. En 1950 se instaló definitivamente en Nueva York, y no tardó en ponerse en contacto con la plana mayor del expresionismo abstracto: Pollock, De Kooning, Motherwell, Rothko, Kline, etc., además de aprender las técnicas del grabado con Stanley William Hayter en su Atelier 17, que había sido capital para fraguar los nuevos códigos plásticos. La primera serie importante de obras abstractas de Guerrero data de 1953. Las "reminiscencias europeas" señaladas por la mayor parte de los comentaristas las tenía muy asumidas el pintor. Pero esas formas, entre biomórficas y sígnicas, que desplegaban sus telas, rimaban perfectamente con el ambiente plástico neoyorquino, en el que pronto encontraron acomodo. En 1954 The Solomon R. Guggenheim Museum adquirió una de sus obras. Fue incluido en la exposición Younger American Painters y colgó sus cuadros junto a los de Joan Miró en el Arts Club de Chicago. Entre mediados de los años cincuenta y principios de los sesenta expuso individualmente en la galería de Betty Parsons, una de las más destacadas de la década, y su obra pasó a formar parte de importantes colecciones privadas y de numerosos museos internacionales, como el Museo Whitney de Arte Americano o el Instituto Carnegie de Pittsburgh. Guerrero había ido comprendiendo que él no era propiamente un grafista, sino que su íntima preocupación era la de "los espacios". Las primeras formas sígnicas de evocación orgánica fueron poco a poco deshaciéndose para atender a la voz de la pura energía desplegándose, aunque sus huellas emergieran cuando había que someter esa energía a una estructura mínima. En los primeros años 60, Guerrero realizó un viaje en solitario a España que iba a tener una profunda repercusión en su obra. Se instaló con su familia en Madrid y trabó amistad con los creadores del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca (Fernando Zóbel, Gustavo Torner y Gerardo Rueda). Y en 1968 volvió a Nueva York. En los últimos años 60 cristaliza lo que Bonet ha llamado "el sistema Guerrero": "Es entonces cuando comienza a concederle gran importancia a los bordes, a las fronteras, a las zonas en que unos colores coexisten con otros [...] lo que le interesa es que el color fluya, que la pintura respire, que el cuadro sea [...] vibrante, luminoso, cargado de energía". En 1970 Guerrero emprende una nueva serie en la que la voluntad ordenadora da pie a obras muy construidas y sintéticas. Se trata de las Fosforescencias, uno de los conjuntos más comentados de su producción, que le ocupó los primeros años 70. Poco después compuso una serie de cuadros sobre el tema del arco, procediendo a un abandono progresivo de las fosforescencias. Estaban ya muy claras las formas con las que contaba para contener la energía: el óvalo o arco y la línea (que ordenaba el espacio surcándolo y haciéndolo palpitar). Y estaba también muy claro que donde se jugaba su pintura era en "las fronteras entre una forma y otra". En 1976, en Granada, se celebró su primera exposición antológica, a la que seguirían importantes retrospectivas, entre las que destacan la de 1980 en la Sala de las Alhajas de Madrid (que le consolidó como uno de los maestros más influyentes para la emergente generación de pintores de los años 80) y la última, ya con carácter póstumo, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en 1994. José Guerrero había muerto en 1991, tras una larga enfermedad pero desarrollando aún lo mejor de su arte, un arte rebosante de luz, como ciñendo el tono justo para fijar un testamento que quería esencialmente vitalista, como redimiendo con la pura irradiación del color las sombras que le habían atenazado años atrás.

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centro Arte Contemporaneo