Centro Jose Guerrero

MANUEL RIVERA. DE GRANADA A NUEVA YORK, 1946-1960

 

 

 

 

DESCRIPCIÓN 


La obra de Manuel Rivera (Granada, 1927 - Madrid, 1995) es fundamental en el desarrollo del arte español de los años cincuenta. Fue uno de los primeros pintores que, prácticamente desde el inicio de la década, llegó a ser plenamente abstracto, sintonizando con el desarrollo internacional de las nuevas corrientes del arte contemporáneo. Su trabajo se convirtió pronto en una reflexión sobre la materia, y dentro de ella en una indagación en torno a las posibilidades del relieve, algo ya apreciable en sus obras sobre lienzo de 1955 y 1956, en las que incorporó tierras y pigmentos en crudo. A ello siguió en 1957 el descubrimiento de las posibilidades compositivas de las mallas metálicas, en un momento en que los protagonistas del llamado “arte otro” o informal experimentaban con materiales considerados humildes y alejados del medio artístico: el uso de texturas, grafismos, formas accidentales o materiales rudos fue paradigmático. También por entonces había surgido en París el art brut y la llamada “estética en devenir”, que reflexionaba sobre la relación del arte con lo inconsciente, como ocurría en el expresionismo abstracto, magnetizado por la idea del arte como medio de expresión de lo interior, de las pulsiones o el alma del pintor. La obra de estos artistas reveló la fuerza expresiva e incluso la belleza plástica de elementos como las arenas, las arpilleras, los hierros, las maderas y todo tipo de papeles; y la emoción que cabía destilar de las texturas y el assemblage de mallas metálicas apenas tocadas por pigmentos. Pero además Rivera estaba muy interesado en explorar un mundo de clara vocación tridimensional, en integrar en la imagen la percepción de las sombras que proyectaban las mallas, que parecían componer una sutil obra inmaterial o evanescente en la pared que acogía los cuadros, de lo que se derivaban sugerentes posibilidades.

Son numerosas las exposiciones que, retrospectivamente, han abordado la obra de Rivera, algunas promovidas por instituciones granadinas. La reciente edición de su catálogo razonado (Diputación de Granada y Fundación Azcona, 2009), facilita un acercamiento nuevo a la obra del artista. Además de una mejor comprensión de su quehacer, permite observar datos que hasta la fecha habían sido escasamente atendidos. La exposición De Granada a Nueva York, 1946-1960, comisariada por Alfonso de la Torre, presenta algunos de ellos, referidos a unos años capitales para conocer la evolución del artista.

Partiendo de la tradición local de finales de los años cuarenta, Rivera continuó formándose y participando en exposiciones en su Granada natal hasta que en 1954 se trasladó a Madrid, junto a su esposa Mary. Allí tomó parte en acontecimientos fundamentales para el arte de la época, como la fundación del grupo El Paso. Y apenas una década después de acabar sus estudios, Rivera mostraba sus mallas metálicas en Norteamérica, en museos como el MoMA y Guggenheim de Nueva York, donde expuso en 1960 y entró en contacto con agentes fundamentales para el desarrollo y difusión del expresionismo abstracto: Alfred H. Barr, Daniel Cordier, James Johnson Sweeney, Frank O’Hara o Pierre Matisse.

De Granada a Nueva York, 1946-1960 narra, por medio de cinco capítulos (compuestos con pinturas referidas a los acontecimientos citados y documentos personales, muchos inéditos), cómo se produjo el encuentro del artista con el complejo mundo del arte español e internacional de la época.

La exposición se compone de un total de 34 obras procedentes tanto de instituciones (MNCARS, IVAM, Museo Luis González Robles, Madrid Espacios y Congresos) como de Galerías y Colecciones particulares. La muestra se completa con un apartado documental con publicaciones y programas de mano del período de la exposición.

COMISARIO

Alfonso de la Torre

 

La exposición tendrá lugar del 24 de febrero al 17 de junio de 2012.

 

Fotografía: Julio Grosso

 

 

SÍNTESIS DE LA EXPOSICIÓN

 

1946-1954: GRANADA. LAS TENTATIVAS DE UN LENGUAJE MODERNO

Iniciado en el mundo de la escultura y la pintura desde niño gracias al apoyo de su padre, Manuel Rivera cursa sus primeros estudios artísticos en la Escuela de Artes y Oficios de Granada, donde será discípulo de Gabriel Morcillo, y los continúa, a partir de 1945, en la Escuela Superior de Bellas Artes de Sevilla. En 1947 celebra en la Asociación de la Prensa de Granada su primera exposición individual, que es muy visitada y elogiada por los medios locales. Sin embargo, y a pesar del éxito cosechado, Rivera refleja en sus memorias que su obra estaba demasiado ligada a los maestros granadinos y que sentía la necesidad de buscar nuevas formas de expresión. A finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta entra en contacto con un grupo de escritores y artistas del panorama cultural granadino, entre ellos el filósofo y crítico de arte Antonio Aróstegui o el artista Miguel Rodríguez-Acosta. En estos años también será fundamental su encuentro con la pintora inglesa Sandra Blow, conocedora de la obra de Alberto Burri, que resulta capital para la llegada plena de Rivera a las imágenes no representativas. Pero antes de decidirse por la abstracción, ya se advierten las tentativas del pintor por encontrar un lenguaje moderno, heredero de una cierta pintura metafísica, en obras como Los tejados, 1950. La exposición de Benjamín Palencia en 1951, que conmocionó la vida artística local, también fue un aldabonazo para Rivera, que acusó su influencia en obras de ese año como Toro Ibérico, presente en esta exposición.

Para entonces había dejado de ser un pintor local más para convertirse en una personalidad activa del mundo del arte en Granada, como demuestra su impulso al grupo La Abadía Azul, una suerte de tertulia artística y filosófica a la que también pertenecieron Antonio Aróstegui, el poeta Andrés Catena, el escritor Francisco Izquierdo y artistas como Antonio Moscoso. Este colectivo promovió, entre otras cosas, las Ediciones CAM, que publicaría años más tarde El arte abstracto (1954) de Aróstegui, uno de los primeros libros sobre abstracción publicados en España.

En 1951 comienza su primera obra mural, ejecutada en diversos espacios del Teatro Isabel la Católica de Granada, gracias al apoyo de su arquitecto, Miguel Olmedo. Las decoraciones del teatro recogen motivos del repertorio clásico español y la danza sugeridos por Antonio Gallego Burín. A partir de esta fecha serán frecuentes sus trabajos murales en la ciudad: el vestíbulo de la Sociedad de Tenis, la capilla del pantano de Cubillas, la sociedad La Peña (1952) o el colegio de sordomudos de la Sagrada Familia (1953). Aunque sigue en Granada, cada vez está más pendiente de lo que sucede en Madrid, en especial desde su participación en la Exposición Nacional de Bellas Artes (1950) y en la Primera Bienal Hispanoamericana de Arte (1951).

Los trabajos murales, que se extienden a las iglesias de nueva construcción en diversos pueblos españoles por encargo del Instituto Nacional de Colonización, culminan en el encuentro con Ángel Ferrant en la sede madrileña del citado Instituto. Esta etapa concluye en 1957, cuando Rivera comprende que debe elegir entre estos trabajos o su dedicación a la pintura, y opta por la segunda.

En agosto de 1953 Manuel Rivera asiste en el Palacio de la Magdalena de Santander al Primer Congreso de Arte Abstracto dirigido por José Luis Fernández del Amo y organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Rivera es uno de los firmantes de la carta que el 8 de agosto remiten los presentes al entonces rector de la Universidad, Manuel Fraga Iribarne, en donde se plantea la necesidad de vivificar «el intercambio de las formas del arte viviente según métodos rigurosos y a cargo de personas identificadas con el concepto actual del arte». Es un momento que el granadino reconoce de extraordinaria importancia en su transcurso vital: «creo que fue el principio de todo lo que después fue sucediendo […] por primera vez, tomamos contacto directo todos los que estábamos implicados en la aventura del arte contemporáneo.

Se habló mucho, se nos refrescó el aire, se nos aclararon medianamente las ideas. Allí conocí a los compañeros que, años más tarde, fundarían conmigo el grupo El Paso». De regreso a Granada, donde comienza a trabajar en las pinturas tituladas Albaicín, declara haber hecho «conscientemente una abstracción de la realidad». Fernández del Amo le visita y elige varios de sus cuadros para incorporarlos al Museo Nacional de Arte Contemporáneo, que dirigirá entre 1952 y 1958.

 

Manuel Rivera en el Primer Congreso de Arte Abstracto, Santander, 1953.
Fotografía: Reflejos, Madrid

 

1960, PRESENCIA EN NUEVA YORK

El reconocimiento internacional del granadino tendrá su mayor espaldarazo en la contratación del artista por la galería neoyorkina Pierre Matisse. Joan Miró, representado por la misma galería, influyó decisivamente en la elección de Rivera. Tras una abundante correspondencia, parte de la cual aparece publicada en el libro que acompaña a esta exposición, Rivera comenzó a trabajar con Pierre Matisse, a cuyos proyectos permaneció unido durante prácticamente toda la década de los sesenta y con quien mantuvo la amistad hasta la muerte de éste.

La primera presencia de Manuel Rivera en Nueva York data de 1960, año en el que participa en la muestra colectiva organizada por Matisse en su galería bajo el título Four spanish painters: Millares, Canogar, Rivera, Saura. Junto a una pintura antigua, presenta otras cuatro obras fechadas en 1959: Metamorfosis (Orfeo), Metamorfosis (Petenera), Metamorfosis (Tótem) y Metamorfosis (Zorongo), alguna presente en esta exposición. Juan-Eduardo Cirlot firmó la presentación del catálogo, donde escribió: «Manuel Rivera trabaja con telas metálicas, recortadas, suspendidas, sobrepuestas, desgarradas, que originan espacios de diversa intensidad, con retículas de variable finura y cuyos ejes y líneas de sostén son como alambres de un aparato de función ignorada aún. Pero la estética que se transparenta a través de estas obras similares a telas de araña no es la tecnicista que pasa a través de tendencias como el constructivismo ruso. Es la estética de los orientales, de los pueblos nómadas que cuelgan sus telas, sus alfombras, sus tapices y sus horizontes, sus panoramas interiores y exteriores, de unos palos provisionales como el alma humana que tenemos entre los dientes. Manuel Rivera puede cambiar de materia e incluso de procedimiento, pero deberá de conservar siempre ese sentimiento de lo errante y de lo transitorio, mortal definitivo».

 

Primera exposición del grupo El Paso, Galería Buchholz, Madrid, 1957.De izquierda a derecha: Saura, Canogar, Juana Francés, Millares, Rivera y Conde.
Fotografía: Reflejos

 

BIENAL DE SÃO PAULO, 1957

1957 y 1958 se convierten en años fundamentales en la carrera de Rivera, tanto por su vinculación con El Paso, desde su exposición inaugural de Madrid, como por su presencia en las bienales de São Paulo y Venecia.

El 22 de septiembre de 1957 se inaugura la Bienal do Museu de Arte Moderna en São Paulo, en la que están presentes Francisco Capuleto, Luis Feito, José Guinovart, Manuel Millares, Manuel Rivera, Antonio Tàpies y José Vento junto a los escultores Jorge Oteiza (Gran Premio de Escultura en dicha Bienal) y José Planes. Rivera presenta diez mallas metálicas.

En sus Memorias, publicadas por la Diputación de Granada, escribe Rivera: «en esta fecha tuve que entregar las obras que me representarían en la IV Bienal de São Paulo. Al principio todo estuvo muy confuso. González Robles, el comisario […] quedó atónito cuando vio mis primeras metálicas y creo que en su fuero interno se arrepintió de haberme invitado. Más adelante consideró que lo mío podía ser una “pirueta” interesante en el grupo de los españoles y me aconsejó llevar parte de obra más “tradicional” y otra parte de telas metálicas, a lo que yo me negué. Algunos amigos comunes influyeron sobre González Robles para que solo llevase lo que actualmente estaba haciendo, apoyándose en los movimientos existentes fuera de España. El comisario se atrevió y al final decidió correr la aventura y montar un gran paño de pared con diez telas metálicas en el Pabellón español de la Bienal de São Paulo. Hubo éxito total […]. González Robles consideró el éxito como suyo y decidió invitarme con una sala entera para la próxima Bienal de Venecia».

Tras sus indagaciones matéricas con pigmentos y arenas, las obras expuestas en São Paulo bajo el título de Composición y numeradas del uno al diez apuntaban los descubrimientos técnicos que culminarían, un año después, en las Metamorfosis presentadas en la Bienal de Venecia. «Las de São Paulo eran materias en una sola dimensión, digamos un tanto collage, y donde jugaba mucho la luz, en cuanto a la pared de fondo », señaló el artista. Es, dirá Rivera a Aróstegui, la ruptura de la superficie del cuadro para producir el hallazgo del espacio vacío, al que Rivera da tanto valor como a la propia materia.

Estas obras, de las que se muestran ahora una selección, son obras muy austeras, cuyo despojamiento –señaló el artista– partía de su desinterés por el color. Prefería conservar el gris de las telas metálicas subrayando a veces sus tonalidades con negro, en lo que Frank O’Hara definiría como obras «sin ninguna tentación frente al relieve». Se preguntaba Rivera (en su conversación con Cirilo Popovici) «si así no vamos hacia la aniquilación de la frontera que hay entre la escultura y la pintura, para convertirse las dos en algo único e inédito, en un arte-objeto que sintetice a las dos problemáticas en una sola».

Paralelamente a sus disquisiciones personales, Rivera tomó parte en las discusiones derivadas de las contradicciones que entrañaba la presencia de El Paso en eventos oficiales como las bienales señaladas, discusiones que estuvieron en la génesis de la disolución del grupo. En efecto, la participación en exposiciones internacionales suponía una colaboración, un notorio respaldo al estatus político imperante, lo que produjo un grave conflicto moral. Rivera, que tuvo el valor de hablar temprano, en 1955, de la diáspora a la que se había llevado a la cultura española, citó en ocasiones su conversación con André Malraux en París. El escritor le aconsejó no seguir participando en las muestras grupales que, al cabo, suponían mostrar una cara amable o complaciente con el régimen. En octubre de 1960 El Paso se disolvió.

 

IV Bienal del Museo de Arte Moderno, São Paulo, 1957.
Fotografía: Germán Lorca

 

BIENAL INTERNACIONAL DE VENECIA, SALA ESPECIAL, 1958

Un año después del éxito de su obra en Brasil, Manuel Rivera fue invitado por Luis González Robles a participar en la XXIX Bienal Internacional de Arte de Venecia, en el verano de 1958, el año en que el artista había cumplido treinta y dos. Este evento fue, junto con la anterior Bienal de São Paulo (1957) uno de los principales acontecimientos artísticos internacionales de la década de los cincuenta.

El Pabellón Español en la XXIX Bienal de Venecia, reconocido internacionalmente con el premio de la UNESCO, estaba compuesto por diversas tendencias artísticas, que iban de lo representativo a lo matérico abstracto. Acompañaban a las de Rivera las obras de Eduardo Chillida, Pancho Cossío, Francisco Farreras, José Guinovart, Manuel Mampaso, Godofredo Ortega Muñoz y Antonio Povedano. Las diez piezas de Manuel Rivera, realizadas en 1958 y presentadas en una sala propia, se acogían a uno de los tres capítulos dedicados a la abstracción dentro de la representación española, La abstracción geométrica: «Dieci composición con spazi apperti: trame metalliche».

Aguilera Cerni relacionaría, en la revista Índice, las mallas metálicas presentadas en Venecia con la obra de Mondrian y el neoplasticismo: «Sí. El orden sueña. Como en las franjas del prisma, vamos viéndole diferentes intensidades. Incluso podemos llegar al fanático paroxismo caracterizado por la vertical y la horizontal. Entonces, inevitablemente, surge un nombre: Mondrian, ya evocado en la anterior Bienal.Y una tradición: neoplasticismo, Bauhaus...».

La repercusión de la sala de Rivera en la Bienal fue extraordinaria, y se refirió mucho en la prensa nacional e internacional; fueron especialmente relevantes las reseñas escritas por dos de las principales críticas del momento: Herta Wescher en Cimaise y Françoise Choay en L’Oeil.

 

XXIX Bienal Internacional de Arte, Pabellón de España, Venecia, 1958.
Fotografía: Giacomelli

 

1960, PRESENCIA EN NUEVA YORK

El reconocimiento internacional del granadino tendrá su mayor espaldarazo en la contratación del artista por la galería neoyorkina Pierre Matisse. Joan Miró, representado por la misma galería, influyó decisivamente en la elección de Rivera. Tras una abundante correspondencia, parte de la cual aparece publicada en el libro que acompaña a esta exposición, Rivera comenzó a trabajar con Pierre Matisse, a cuyos proyectos permaneció unido durante prácticamente toda la década de los sesenta y con quien mantuvo la amistad hasta la muerte de éste.

La primera presencia de Manuel Rivera en Nueva York data de 1960, año en el que participa en la muestra colectiva organizada por Matisse en su galería bajo el título Four spanish painters: Millares, Canogar, Rivera, Saura. Junto a una pintura antigua, presenta otras cuatro obras fechadas en 1959: Metamorfosis (Orfeo), Metamorfosis (Petenera), Metamorfosis (Tótem) y Metamorfosis (Zorongo), alguna presente en esta exposición. Juan-Eduardo Cirlot firmó la presentación del catálogo, donde escribió: «Manuel Rivera trabaja con telas metálicas, recortadas, suspendidas, sobrepuestas, desgarradas, que originan espacios de diversa intensidad, con retículas de variable finura y cuyos ejes y líneas de sostén son como alambres de un aparato de función ignorada aún. Pero la estética que se transparenta a través de estas obras similares a telas de araña no es la tecnicista que pasa a través de tendencias como el constructivismo ruso. Es la estética de los orientales, de los pueblos nómadas que cuelgan sus telas, sus alfombras, sus tapices y sus horizontes, sus panoramas interiores y exteriores, de unos palos provisionales como el alma humana que tenemos entre los dientes. Manuel Rivera puede cambiar de materia e incluso de procedimiento, pero deberá de conservar siempre ese sentimiento de lo errante y de lo transitorio, mortal definitivo».

 

Manuel Rivera. Recent Paintings, Pierre Matisse Gallery, Nueva York, 1960.
Fotografía: Oliver Baker

 

Unos meses más tarde, en diciembre de ese mismo año, se inauguraba la primera exposición individual de Rivera en Nueva York, compuesta por veintitrés pinturas que se presentaron en un cuidado catálogo con texto de José Luis Fernández del Amo. El artista Donald Judd fue uno de los testigos de la presencia de las obras de Rivera en Pierre Matisse Gallery, y refirió en una nota crítica las «delicadas superficies borrosas» de las mallas metálicas y su relación con la sutileza y precisión del cubismo de Jacques Villon. También en este mismo año Frank O’Hara, acompañado del director del Guggenheim, James Johnson Sweeney, viaja a Madrid, donde visitan el estudio de Rivera e incluyen su obra en las dos exposiciones que se celebrarían ese verano en Nueva York: New Spanish Painting and Sculpture en el Museum of Modern Art y Before Picasso; After Miró en The Solomon R. Guggenheim Museum. Ambos museos incorporarán obras suyas a los fondos de su colección.

Metamorfosis (Tiempo) (1960) fue una de las obras presentes en la muestra del Guggenheim Museum. También, entre otras pinturas colgadas en la exposición del MoMA, se muestran ahora en Granada Metamorfosis (Buhonero) fechada en 1960. La revista Time Magazine Edition U.S. dedicó en agosto un amplio artículo ilustrando la exposición. Y las reseñas sobre ambas exposiciones se sucedieron en The New York Times, The Washington Post o New York Herald Tribune.

Pierre Matisse fue fundamental para la difusión de la obra de Rivera en los Estados Unidos, no solo por lo que se refiere a los grandes museos de Nueva York, sino también a los coleccionistas privados.

Durante la década de los sesenta la obra del artista seguiría presentándose en el país; otro de sus momentos culminantes, en 1964, fue el Premio de la Bienal de Pittsburgh, celebrada en el Carnegie Institute. Con ocasión del certamen, Rivera viajó a Nueva York acompañado de la galerista Juana Mordó, y se encontró con su paisano, el pintor José Guerrero, al que le unió una gran amistad durante toda su vida: «Pierre Matisse, al que he anunciado mi llegada, me invita a vivir en su casa de Nueva York –narra Rivera en sus Memorias– pero yo prefiero la de los Guerrero, en donde encontraré más libertad […] junto al estudio de Pepe hay un detalle que me emociona: en la mesa hay un plato con frutas, pero todas ellas son de Granada: membrillos, caquis, higos chumbos, granadas, etc.».

En aquellos años Guerrero era ya ciudadano norteamericano, pero también español. Las familias de Guerrero y Rivera seguirían manteniendo la amistad, y sus obras compartiendo escenarios artísticos, como la galería Juana Mordó en Madrid y el Museo de Arte abstracto Español en Cuenca, en cuyas respectivas exposiciones inaugurales participaron.

A partir de 1960 Rivera continuará cosechando éxitos internacionales, que culminarán en la muestra individual del Museo de Arte Moderno de la Villa de París en 1976. También le llegarán los reconocimientos en España, y su obra será objeto de grandes exposiciones, entre ellas la retrospectiva organizada en Madrid en 1997 por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y por la Diputación de Granada, que se exhibió en ambas ciudades.

 

Manuel Rivera con José Guerrero, Córdoba, 1964.
CJG

MANUEL RIVERA. DE GRANADA A NUEVA YORK, 1946-1960

24 febrero - 17 junio 2012

Dirección

CENTRO JOSE GUERRERO Calle oficios 8. 18001. Granada

Horario

martes a sabados, de 10.30 a 14.00 y de 16.30 a 21.00 domingos y festivos, de 10.30 a 14.00. Lunes, cerrado (abierto lunes 27 de febrero y lunes 2 de abril)

Ficha Tecnica

Organizada por el Centro Jose Guerrero de la Diputacion de Granada

Enlaces

Reseñas en prensa

LaExpress.pdf

Fernando Valverde: Manuel Rivera vuelve a la casa de Guerrero . Ed. Andalucía. El País

 



nota de prensa



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